viernes, 23 de diciembre de 2011

TRABAJO Y PRODUCCIÓN




Por Martín Códax

EL TRABAJO NO SIEMPRE ES SINÓNIMO DE PRODUCCIÓN

El bienestar está basado en la producción de cada ciudadano, es un hecho tan conocido como incontestable; en este caso, me refiero a los funcionarios y aquellos que, en alguna medida, cuentan con trabajos privilegiados en España. Algunos de estos sectores, a menudo, se olvidan de que el estado no es un empleador eterno; por encima de todo, tiene que ser viable como cualquier empresa privada e incluso equiparable con la economía del hogar: si los gastos superan el ingreso familiar estaremos abocados al fracaso.

Y esto no es una cruzada en contra de los funcionarios, sino contra el sistema; por suerte, algunos, con sentido de responsabilidad, cumplen muy  bien con su trabajo. No existe ninguna razón plausible para permitir que haya trabajadores con más derechos que otros, independientemente de donde y para quien trabajen, y el estado no debe ser una excepción.  

Un ejemplo claro reside en la gran diferencia entre hospitales privados y los del Servicio de Salud en las distintas comunidades (de la cual soy sufridor directo). Está comprobado que una clínica u hospital puede realizar una serie de pruebas rápidamente, incluso en el mismo día, u organizar una operación en menos de 1 semana; por el contrario, los hospitales del Servicio de Salud, que pagamos todos los ciudadanos, pierden un tiempo precioso en burocracia inútil, dimes y diretes, vuelva otra vez, vuelva la semana que viene y así sucesivamente.

Para fastidiar más al ciudadano, la efectividad del Servicio de Salud Español ha empeorado desde que es competencia de las comunidades autónomas. Por mucho que nos cuenten, deja bastante que desear. Y eso que disponen de más personal y medios que las entidades privadas.

Si queremos reflejarnos en el progreso de la economía centroeuropea debemos alejarnos de nuestro arrogante ego de trabajadores “hidalgos”, “grandes de España” y todo ese aire de realeza insensata que encumbra a algunos funcionarios y empleados. Esta forma de actuar, en cierta medida, es un rasgo inherente a la idiosincrasia española que necesitamos erradicar; que a la hora de trabajar “no se nos caen los anillos”, como está sucediendo actualmente con ciertos sectores públicos.

La colaboración es vital y, tanto para el estado como para evitar el cierre de una empresa, nos beneficia todos; con la cooperación será más fácil salir del agujero en el que nos encontramos. El logro Alemán, Japonés o de los países que triunfan en su economía no es casual, está basado en el esfuerzo de cada individuo; algo que puede parecer obvio, pero no todos aquellos que tienen la suerte de poseer un puesto de trabajo parecen comprenderlo.

Es cierto que en Alemania se gana más (con excepción del miniempleo), pero los funcionarios y trabajadores, en general, producen bastante más que los españoles. Y la producción no es proporcional a las horas de trabajo, sino al rendimiento de cada trabajador, algo a lo que no están habituados las administraciones públicas, los empresarios ni los trabajadores (y eso que con ello ganarían mucho más). Los demás sistemas fomentan la vagancia y no penalizan al trabajador desconsiderado o, en español llano, a quien se escaquea. 

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