Por María Hoffnung
En los últimos tiempos estamos ante una fiebre de mascotas, animales de compañía o cualquier animal exótico que se utiliza como si fuera un talismán. Con todo, al menos en Galicia, la mayoría se decide por un perro. Será un nuevo estilo social o es que sencillamente necesitamos compañía, pero esta es otra historia ya que el motivo de este artículo es distinto.
Con total seguridad, a los ciudadanos no nos preocupan ni nos molestan las mascotas, tampoco significa que estemos en contra de estos animales; eso sí, nos rebelamos contra sus cacas y, por encima de todo, contra sus desconsiderados dueños cuando no se hacen cargo de los excrementos del animal en cuestión.
En algunas ciudades de Galicia, como Pontevedra, entre otras ciudades de la región, el caminar se convierte en un verdadero regateo al más puro estilo futbolístico; sobre la superficie de las aceras, uno puede hallarse con una selección de protuberantes boñigas y su enfermiza variedad de extraños marrones.
Existe una gran variedad de excrementos: heces de caballo, vaca, cerdo, aves, etc.; sin embargo, ninguna es tan maloliente y difícil de limpiar como las cacas de perro. Cuando la suela de tu zapato se topa con esa resbaladiza y pegajosa sustancia, es como si hubieras hundido tu pie en una fétida y gelatinosa fosa séptica; limpiar dicha suela es muy laborioso. Cuando esto sucede, te puedes sentir impulsada/o a jurar apelando al todo santísimo coro celestial de deidades del universo.
Ciertamente, los lectores pueden considerar este artículo algo escatológico, pero, créanme que, si se experimenta lo arriba mencionado, viene muy a cuento.
¿Cómo se podría solucionar esto?, en la humilde opinión de quien redacta este artículo, tenemos un ejemplo en lo que sucedió con la Educación Vial. Además, sabemos que en dicha Educación Vial se intentó prácticamente todo; sin embargo, sólo empezó a corregirse a base de fuertes multas. Esta fórmula podría aplicarse a quienes no se responsabilicen de sus perros como corresponde, incluidos sus excrementos. Según parece, “tocar la billetera” da buenos resultados.
Se puede deducir que los alcaldes en esta época de “adición a las mascotas”, consideran impopular esta medida. Lo que está claro es la necesidad de establecer un orden para la buena convivencia de todos. Como recomendación, no estaría mal que nos diéramos un paseo por las principales ciudades europeas y observáramos el funcionamiento con respecto a este tema; podríamos llegar a interesantes conclusiones.

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